Autor

origen del concepto

La reflexión sobre la noción del autor, puede verse en el transcurso de la historia de la literatura. Desde el Renacimiento viene gestándose la noción de autor; configurandose frente al anonimato de la Edad Media. El Barroco exaltará la figura del autor paródico e ingenioso, irónico y cínico, desesperado hasta el extremo del nihilismo; mientras el Neoclasicismo restará preponderancia al emisor aunque le dará entidad jurídica, para poner en el centro las normas y las reglas de la creatividad artística. El Romanticismo construye un individualismo que culmina en la idea de genio creador o el iluminado con una verdad revelada . A partir de aquí el concepto atraviesa una intensa crisis ya que las vanguardias históricas se vuelven contra el autor. Es importante señalar que alrededor del problema de la autoría, junto con el de la representación, nacen las modernas teorías de la literatura. El formalismo ruso da sus primeros pasos, al despejar la noción de genio creador para pensarlo como productor.

Otro antecedente del surgimiento de la noción de autor durante el Renacimiento tiene que ver con el reconocimiento social del pago por el saber que posee el maestro. Ello, para evitar las disputas por acusaciones de plagio, cuyo resultado fue el comienzo del derecho de propiedad y la venta del conocimiento. Durante la Edad Media el hecho de compilar se había convertido en un oficio respetable, que mostraba que la propiedad intelectual no tenía validez, así como durante el siglo XIII, el argumento por el que el conocimiento era “un don de Dios que no puede venderse”, se pone en tela de juicio ante la idea de que los profesores merecen recibir una paga por su trabajo. En el Renacimiento, las disputas por el plagio se hicieron muy frecuentes ante la dificultad para definir la propiedad intelectual, y si bien se acusaban unos a otros de robo, afirmaban practicar una forma de imitación creativa.

 

William Shakespeare

Johann Wolfgang von Goethe

el desarrollo del concepto

La noción de autor se vincula desde entonces a características como la originalidad, la autoridad y la propiedad (moral, intelectual o económica). La etimología del término, del latín autor, -oris, conlleva el sentido de aquel que produce o crea, el padre, el antepasado fundador, justo con un carácter de posesión muy fuerte, que pasa a quienes lo asumen como profesión. El nuevo modo de circulación de los libros, aparejado a la invención de la imprenta, ayudó a la conformación de la noción moderna y reafirmó la propiedad intelectual y los derechos de autor, lo que implicó responsabilidad jurídica de lo producido, al tiempo que protección a los manuscritos.

Hacia el siglo XIII ya en una nueva concepción, apoyada en los valores de la razón, el autor como hacedor original y garante de la obra, se fortalece financiera y legalmente. Con ello, la figura del hombre de letras en cuanto escritor se consagra como autoridad. Si bien el Romanticismo nace en opción a los cánones estéticos de la ilustración, la figura del autor se acrecienta incorporando cualidades subjetivas, los sentimientos o posibilidades imaginativas como características inalienables de su personalidad. Estas se convierten en aspectos de las mayor importancia y hacen del autor una figura excepcional. Se libera de los encargos de escritura al gusto de unos u otros en defensa del proceso creativo individual para caer, sin embargo, en los designios del mercado. La producción literaria se especializa de tal manera que los autores no aparecen solo como padres de sus obras, sino como iniciados o profetas iluminados. La idea de genio es la síntesis de este momento. Los movimientos de vanguardia que sobrevinieron a inicios del siglo XX partieron de ese pedestal para romper con el arte y la literatura tal como eran concebidos hasta entonces. Los autores fueron asumidos por el imaginario colectivo como agentes libres, independientes y autónomos en su genialidad.

El concepto en el siglo XX

Desde las teorías literarias inauguradas a principios del siglo XX, rodeadas por la labor de los movimientos de vanguardia y bajo la impronta del paradigma lingüístico, se privilegió, sin embargo, la producción antes que el productor como objeto de las investigaciones.

La literatura perdía sus formas habituales. Una idea de la literatura bien diferente de la que se tenía dio por resultado una teoría dedicada casi con exclusividad a su definición como espacio de trabajo durante la primera parte del siglo. Fue en la década del sesenta cuando el estructuralismo y el posestructuralismo se propusieron de modo explícito contra la idea de autoridad inscripta en la noción de autor. La crítica literaria y los movimientos estéticos de vanguardias ya habían cuestionado su lugar al considerar que las obras eran un producto colectivo entre quienes las originan, las interpretan y las lee. Sin embargo, en términos jurídicos, un autor siguió siendo la persona que crea la obra susceptible de ser protegida por sus derechos de autor. El nombre de autor funcionará como marca a favor o en contra del mercado y deberá legitimarse en ambos espacios para conseguir su lugar. Este proceso no siempre es equivalente, y sus disparidades abonan interesantes enfoques teórico-críticos. La vuelta a la noción de autor, hoy, como problema teórico, por ejemplo.

Oscar Wilde

Michel Foucault

Rolland Barthes

Pierre Bourdieu

Los teóricos

Foucault en 1966 mostró la historia de la disolución de la idea de Autor en la trama armada por los mismos autores a partir de la confianza en las posibilidades representativas hasta llegar a la anti-contra-representación. “¿Qué es un autor? Es en conclusión necesaria a esta historia. En tanto Barthes, para quién en 1968 “el autor nunca es nada más que el que escribe”, asigna al lector la responsabilidad por la unidad del texto, “ese alguien que mantiene reunidas en un mismo campo todas las huellas que contiene el escrito”. La teoría escribe la tarea de demolición interior de la figura de autor que la literatura misma llevó a cabo y es en ese fondo que, tanto Barthes como Foucault, intentan nuevos caminos. Las propuestas de Williams o Bourdieu, en cambio, que miran la literatura desde el paradigma sociológico, reponen la noción de autor desde una crítica pertinente al paradigma lingüístico utilizando desde los formalistas rusos. Dice Williams, retomando la crítica que Bajtín/Mendeved hiciera a sus amigos, para sumar estructuralistas y posestructuralistas, que el error está en olvidar que si hay libros, programas o estéticas, es porque hay hombres y mujeres que los llevan adelante (1997). Y es desde aquí donde los conceptos de agente y habitus de Bourdieu y las formas de su recuperación a través de las obras permiten reconocer la fuerte presencia de los autores en ellas y, al trasluz, “el entorno ignorado de los textos”, un campo intelectual. Lo que Williams podría llamar una “estructura de sentir”.

Pin It on Pinterest

Share This